Guillermo de Ockham. Los adelantos del medioevo tardío | Emilio J. Corbiere

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Publicado originalmente en 'El Cronista', Marzo de 1995.

Guillermo de Ockham (1285-1349) revolucionó las ideas de su época y fue rescatado un siglo y medio después por Martín Lutero.

Con el nominalismo, Ockham asesta el golpe de gracia a la Escolástica, al considerar los universales como términos, conceptos de la mente separados de las cosas sensibles, limita el conocimiento a lo individual: la única realidad cognoscible es la que viene revelada por la experiencia; la filosofía, separada de la religión, queda abierta de manera exclusiva a los problemas del mundo, del más acá, y todos los hombres, sin distinción, pueden tener acceso a ella. N. Rossi

Guillermo de Ockham fue un pensador que revolucionó a su época y las consecuencias de sus ideas fueron desarrolladas casi un siglo y medio después por el movimiento que encabezó el fraile agustino alemán, Martín Lutero. En este sentido Ockham fue un reformador y aunque era un intelectual -erudito como Erasmo- dejó también testimonios políticos concretos para que su rebelión germinara después de su muerte. Este franciscano de inteligencia notable, que asestó un duro golpe al rígido dogmatismo de la escolástica medieval, había nacido en 1285, en el pueblo de su mismo nombre, ubicado en el condado de Surrey, al sur de Londres, probablemente en el seno de una familia de comerciantes pobres. Hay tres momentos en la vida de Ockham. El primero abarca principalmente su obra filosófica temprana, que comúnmente se conoce con el nombre no siempre apropiado de nominalismo; el segundo, tras la ruptura ideológica-teológica, es un tiempo de cuestionamiento al poder del papado y a todo autoritarismo en el pensamiento. El tercer momento, tras ser excomulgado (1328-1349), corresponde a su madurez intelectual, como filósofo, como político y como precursor del humanismo.

En Ockham hay ciertamente una tendencia nominalista (una lógica del nombre connotativo), pero también existe un esfuerzo de crítica psicologista del concepto y, por sobre todo, una filosofía voluntarista de la libertad. Estuvo acertado T. de Andrés, cuando sostenía que el nominalismo de Ockham tiene que comprenderse como "filosofía del lenguaje" ya que "interpretaba el concepto como signo lingüístico natural; interpretación que a su vez implica toda una visión del conocer como resultado de un sistema (Ockham diría un complexum) de signos lingüísticos naturales".

¿Cuál fue la principal ruptura que produjo Ockham en el campo del pensamiento? En primer lugar, relativizó a las "autoridades", puso en duda sus concepciones, especialmente a Aristóteles (y por lo tanto a Santo Tomás de Aquino), y junto a la idea de incertidumbre –profundamente crítica- proclamó la libertad de las ciencias ante la filosofía y la teología.

El método aritotélico-tomista (la vía antigua) sostenía el "realismo de los universales". Eran aquellos conceptos generales (universalia), mediante los cuales se comprende de forma global la realidad. Son la expresión de una realidad, de una existencia real última y superior que se halla detrás de toda individualidad. Solo por la existencia de la realidad del universo "humanidad" podría existir los hombres en cuanto individuos. Ockham destruyó el concepto aristotélico abriendo paso a la llamada vía moderna. La percepción sensible de la realidad -sostuvo- no conduce al conocimiento de realidades universales, sino al pensamiento abstracto.

Los conceptos generales, son, pues, el resultado de abstracciones, sin realidad independiente. Lo real es el individuo, el hombre como ser único y particular, captado por los sentidos. Sólo la razón reúne la multiplicidad de percepciones en un concepto general de "humanidad". Esta humanidad no es una realidad en sí, que pudiera existir fuera del espíritu y basada en convenciones. Con la ayuda de tales conceptos es posible -según Ockham- ordenar todo el conjunto de fenómenos individuales e individuos reales en sistemas clasificatorios globales al servicio de la ciencia y la práctica. Los sistemas constituidos por la razón fundada en la experiencia no poseen realidad propia y requieren en cuanto modelos la comprobación de su exactitud en función de la realidad de lo individual y experimentable.

Cuando la abstracción adquiere vida propia, sin controles estrictos de la experiencia, el paso del pensar al ser convierte en especulación vacía o en ideología peligrosa, en la mayoría de los casos, en ambas a la vez.

Ockham desarrolló sus ideas en una época que había producido a otros franciscanos notables, entre ellos, Juan Duns Scoto, Roger Bacon y Thomas de York. Como Lucero después, Ockham encontró inspiración en el teólogo y místico Pedro Lombardo, autor de las célebres Sentencias y tal vez en los antiguos textos del Pseudo-Dionisio. Ockham mostró su confianza en la capacidad del conocimiento humano para penetrar el mundo que lo rodeaba, pero sobre todo quería garantizar la omnipotencia divina, que excedía los límites de la razón. Iniciaba así la separación entre la teología, cuyas verdades procedían de la revelación evangélica, y la filosofía y la ciencia, que corrían por otros causes.

Si el inglés se hubiera limitado a la actividad intelectual, tal vez le habría sido llamada la atención desde Roma, o se le hubiera pedido alguna amable explicación sobre sus "errores". Pero el pensador, que influiría en el italiano Gregorio de Rímini; en el francés Pierre d´Ailly y en los alemanes Marsilio de Tughem y en Gabriel Biel, se comprometió con algunos temas terrenales cuestionados del poder papal.

Junto al general de la orden de los franciscanos, Miguel de Cesena, cuestiona algunas constituciones pontificias a propósito de la pobreza y en 1324 es citado por el Papa Juan XXII a Avignon, bajo la acusación de "hereje". Cuatro años después, excomulgado, huye junto a Cesena, Bonagratia de Bérgamo y Francisco de Ascoli, a la ciudad de Pisa, bajo la protección del emperador Luis IV de Baviera, que también había sido excomulgado por negar la autoridad papal en cuestiones terrenales. Luego sobrevino el largo exilio en Munich, hasta su muerte, en 1349, a los 64 años.

En el último período de su vida, se plasman varias compilaciones de sus obras e ideas, entre ellas Scriptum in librum unum y los Quodlibeta septem. Sus trabajos críticos del papado y defensores del orden imperial-secular se reúnen en su Opera política. En estos últimos escritos, el inglés refuta la infalibilidad del Papa y afirma que su autoridad estaba limitada por la libertad de los cristianos establecida por el Evangelio y por el derecho natural. Ockham se inserta en el movimiento conciliarista, en el movimiento secularizador imperial de Dante, Marsilio de Padua, de Scoto; en la acción renovadora cristiana de Hus y Wyclif. Era la tormenta que anunciaba la tempestad. Ella llegaría algunos años después. Se llamaría Renacimiento y Reforma. Humanismo y Gran Guerra Campesina. Erasmo pondría el huevo y Lutero lo empollaría. Pero en parte sería el eco lejano de las idéas puestas en marcha por Guillermo de Ockham.

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