La doble victimización de niños y niñas | Marcelo Ricardo Pereira

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Referencia
Jornadas: 'Derecho a la Educación y a la Salud en Argentina y América Latina. Hacia la construcción de ciudadanía'. 7 y 8 de Mayo de 2010. Facultad de Psicología. Universidad Nacional de Rosario.

Un niño entra a una comisaría de policía acompañado de un adulto -éste con una expresión inconfundible de indignación, resentimiento y revanchismo- para dar testimonio acerca del posible maltrato o abusos por parte de algún otro adulto, que habrá de ser acusado de cometerlos contra el niño. A lo mejor, este niño antes de ser recibido por el comisario en la sala de espera, será acogido por algún pasante que se especializa en la recreación, y que tiene en las manos algunos juguetes zurrados. Es fácil imaginar que dicho niño tendrá que relatar las minucias sobre lo que le ocurrió, instigado por la gente a su alrededor, inclusive teniendo dificultad para describir los episodios del maltrato, o no teniendo recursos simbólicos suficientes para hacerlo. Y por supuesto él volverá a decir lo que le sucedió a un médico forense, a algún asistente social, a los psicólogos, a los abogados, a los jueces, a los fiscales de minoridad, y a un número casi infinito de profesionales, así como a los familiares y conocidos, que actuarán en pos de convertir un primer informe vacilante, en un discurso de certeza.

No hay duda de que este niño -el espejo de muchos de nuestros niños de hoy- es doblemente victimizado. En este caso, él es la víctima de una conducta abyecta de los que deberían cuidar de él - sea de quien efectivamente lo maltrata, o de quien lo utiliza para afectar al acusado por supuestamente maltratarlo - y, del mismo modo él es una víctima de la verdad, "no toda"- que por otra parte es impelido a producir. En otras palabras, el niño no sólo es una víctima del maltrato por parte de los adultos, sino también por tener que producir un saber como medio de goce para un mundo de especialistas que le sustraen la subjetividad a cambio de "objetivarla" bajo la forma de este saber mortífero. Es un saber con pretensiones de verdad, un saber que debe ser chequeado en todo momento para que la verdad no vacile. Eso hace al niño convertirse en un objeto de goce de la familia, de los especialistas, de la civilización. El énfasis no es el "niño-sujeto" (niño guión sujeto), pero definitivamente es el "niño-objeto" con el cual se puede gozar.

Vivimos en tiempos de "niñez generalizada", por lo tanto invisible, multiplicada en las formas infantiles de como los adultos se inscriben en el mundo contemporáneo. Los adultos parecen recusarse a asumir la responsabilidad por los niños, abandonándolos a su propia suerte, dice Arendt (2002). Los expulsamos de nuestro mundo al evitar prepararlos para renovar el mundo común, o el mundo de la polis. Más aún, la forma como actuamos no demuestra querer tanto la polis, y mucho menos su renovación. Un mundo hiperindividual que propicia el goce inmediato, no importando el costo, sin corte, sin ser cruzado por la barra; no requiere renovación, requiere la repetición - la compulsión a la repetición mortífera teorizada por Freud en, por ejemplo, Lo siniestro (1919, p. 293). El autor anuncia tal compulsión bien a la manera nietzscheana como "el eterno retorno de lo mismo, la repetición de los mismos aspectos o características o vicisitudes, de los mismos delitos, o hasta los mismos nombres a través de las generaciones subsiguientes".

La repetición requiere el goce, dice Lacan, aparentemente interpretando este enunciado. Y, sobre el tema anterior de los adultos: no asumir la responsabilidad por los niños, también nos orienta: no hay adulto, no hay "gente grande" dispuesta a cuidar de los niños para que inscriban su deseo, dice Lacan en 1968. Entonces sólo cabe a los niños ser capturados como un objeto de la fantasía de los adultos y a su propia satisfacción pulsional, repetitiva y mortífera.

Mediante la exposición del niño a la captura fantasmal, debido a la imposibilidad de ofrecer una identificación ideal sin la mediación de la falta materna, y de la ley del deseo del padre, no hay más salida sino mantener al niño como víctima del goce mortífero de una niñez generalizada. Ella responde al imperativo hedonista de la sociedad de consumo.

¿Quién en Brasil no ha tropezado con un niño - a veces dentro de nuestra propia casa - convertido en un mini-ejecutivo de agendas ocupadas con la escuela en tiempo integral, el estudio de idiomas, el ballet o cualquier otra actividad que pueda ser controlada a partir de un celular, o de una computadora portátil, un palmtop? O, en el mismo orden, ¿quién aún desconoce que los niños se prostituyen, que se convierten en "avioncitos" (mensajeros) del tráfico de drogas, o que piden limosnas en las calles, pasando ágilmente por los coches parados en los semáforos de las grandes ciudades, o subiendo a las espaldas de los compañeros para hacer malabares a cambio de algún dinero? ¡El dinero! He aquí la cuestión.

Tenemos ahora, por supuesto, un nombre más de Malestar en la civilización , contemporáneo que debemos interrogar: ¿qué hemos hecho a nuestros niños y jóvenes?

Lacan recupera el homónimo y consagrado texto de Freud (1930) para diagnosticar que este malestar es sólo uno entre muchos, que la contemporaneidad produjo a partir del discurso del capitalista. Éste es el quinto algoritmo introducido en 1972, a partir de los cuatro modos de discurso - en especial del discurso del amo - establecidos originalmente en su seminario de 1969-70, para explicar el lazo social o las formas de como las personas se relacionan entre sí.

Nos hallamos en tiempos donde el capital se ha convertido en nuestro amo, conduce nuestras acciones y nos induce al consumo huidizo de objetos fugaces producidos por el capitalismo científico-tecnológico. A diferencia de lo que el propio Lacan ha dicho antes, asegurando que el discurso de la universidad era realmente el discurso del amo moderno, debemos admitir en teoría, que el lazo social que hoy en día nos domina es sí, el del capitalista. Éste no promueve propiamente el lazo entre los hombres, por el contrario, a través de una pareja o una sociedad "desconectable" en cualquier momento, él promueve una ilusión de algo completo, ofreciendo al sujeto, de modo monótono y repetitivo, los objetos de consumo inmediatos, rápidos y desechables; aunque esto genere aburrimiento, tristeza, falta de sentido con la misma velocidad en que son consumidos. Con este fin, el sujeto tiene para sí una sociedad dominada por la ciencia tecnológica y por la religión, o sea El porvenir de una ilusión, presagiado por Freud (1927), ya no es más futuro, sino un hecho consumado o en consumación.

Aunque Lacan sustituya el discurso universitario por el capitalista, como aquél que designa la maestría contemporánea, tal vez en este aspecto, no tenemos que seguirlo y admitir que ambos discursos siguen siendo implacables o inexorables en nuestros tiempos. Ambos generalizan al otro, ambos "objetalizan" su saber, ambos impiden al sujeto alcanzar su lugar de verdad.

Sin entrar suficientemente en la minucia embarazosa de los algoritmos lacanianos, haciendo uso de ellos a su vez, podemos decir que en el discurso de la universidad el profesor, el formador (o hasta incluso el analista), como agente, se pone en el lugar del saber (s2). De hecho, se pone en el lugar del portavoz de los conocimientos bibliográficos, científicos y clasificatorios, y hace de sus aprendices, de sus alumnos, los objetos (a) de su imposición epistemológica, ya que "los nuevos no hacen nada que sirva". El universitario no es más que un conservador y un transmisor de los conocimientos de los grandes autores. Su saber, basado en ellos, es un saber verdadero, "yo-crático", pedagogizado, porque contiene referencias a los Maestros y, al mismo tiempo, se engaña en la creencia de que el otro no sabe nada. En este sentido, como he dicho en otra parte (Pereira, 2008), hay un carácter paranoico en el discurso dogmático de la universidad. El paranoico ama el imaginario de las palabras, y se lo toma como preciso y evocador, dirigido especialmente a un discípulo "inferior", no maestro, "objetalizado", que debería admirarlo y adorarlo por el mensaje delirante que encarna.

El discurso del capitalista se presenta como un "deslizamiento" del discurso del amo que, como tal, se autoriza como significante amo (s1) para obtener el saber de los gobernados (s2), la producción de objetos hechos para su disfrute: objetos de goce (a). Este s1 es un significante que legisla, sentencia y determina la castración. Él subordina al otro y lo obliga a una identidad única o a ser "uno". Así pues, incluso sin aceptar la diferencia entre los hombres, el discurso del amo regula las relaciones sociales. Pero el del capitalista, que sufre una torción en s1 y $, y por lo tanto se difiere del discurso del amo, al contrario de él, no regula el lazo social. El del capitalista es un discurso sin ley, que "forcluye" la castración y que, entonces, produce la segregación. Esta es la manera con que nuestra sociedad está abordando enfáticamente las diferencias. Quien tiene o no acceso a los productos tecnológicos que la ciencia produce evita, o no ser segregado.

De inspiración marxista, el discurso del capitalista -una especie de quinto discurso del álgebra lacaniana- fue un artificio del autor para demostrar cómo el sujeto se encuentra fijado a su objeto y, al mismo tiempo, sometido a nada, señor de las palabras y de las cosas, sin deuda con la ley o con otros hombres. Para forjar el algoritmo del capitalista, Lacan invierte la posición de s1 y $ que el discurso del amo presenta originalmente. Hay al menos un carácter perverso en aquél que agencia tal discurso, porque un imperativo de goce lo ordena. Este imperativo hace desaparecer al otro detrás de la masificación de los objetos, del consumo hedonista, de su necesidad de satisfacción pulsional sin la mediación. El capitalista produce objetos de goce (plus-de-goce), tanto para sí mismo como para los demás que tienen el capital para consumirlos. Aquí está el fetichismo de la subjetividad - una modalidad fundamental para ejercer segregación.

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