Ceremonias mínimas. ¿Y la función del Estado? | Mercedes Minnicelli
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| Jornadas: 'Derecho a la Educación y a la Salud en Argentina y América Latina. Hacia la construcción de ciudadanía'. 7 y 8 de Mayo de 2010. Facultad de Psicología. Universidad Nacional de Rosario. |
Estas Jornadas nos convocan a pensar mientras transitamos -en todos los ámbitos- por entornos y tiempos turbulentos. Valoro el hecho de detenernos a pensar en la socialización y educación de las nuevas generaciones. Entornos y tiempos en que la violencia se manifiesta "pura" (Benjamin) sin un fin y sin sentido por doquier. Tiempos en los cuales las nuevas generaciones reflejan especularmente el mundo en que vivimos y se hacen eco -y carne- de aquellas perspectivas que, pretendiendo ser silenciadas, operan sólo en apariencia en las sombras con efectos desujetivantes.
Si bien estamos en una época en la cual la legislación enuncia a niño/a como sujeto de derechos, no debemos olvidar que un niño no se hace por que la ley lo dice y establece sino que, la ley en tanto código escrito, ofrece el marco simbólico de referencia social. Se hace un niño cuando se lo nombra, se lo identifica, se lo ama, se lo mira, se le habla aunque aparentemente no nos entienda. Se hace un niño cuando ingresa en el deseo de Otro y se lo aloja.
Así podríamos decir que nadie nace ciudadano si no existe un acto de inscripción realizado por Otro a través de su inscripción social-ceremonial y por el registro civil a partir de la asignación de un DNI. Esto sólo no alcanza. Hasta la mayoría de edad, de derecho -y de hecho- un ciudadano se construye ocupando la Educación su lugar de privilegio por ceremonias mínimas.
La posibilidad para cada nuevo niño y niña que llega a este mundo, de poder escribir una historia biográfica y ser parte de un colectivo social, le compete inicialmente y por varios años a quienes lo recibimos. Numerosos niños son alojados desde hace ya más de un siglo por el circuito institucional no familiar y, ante ellos y con ellos se presentan acotadas -para algunos lamentablemente excluyentes- las posibilidades de educación. Numerosos niños hoy, buscan la presencia de ese marco institucional y no la encuentran, se chocan con los ideales de des-intitucionalización que resultan devastadores.
En este sentido, las epistemes basadas en "ilusiones (psico) pedagógicas" (de Lajonquière) del dispositivo se han encargado de afianzar esta idea que proponemos interferir a través de la interrogación: ¿cuáles son las formas ceremoniales necesarias para sostener la socialización y educación de un niño desplazada de lo familiar -por ausente o carente o impotente- hacia lo social e institucional? ¿Cómo se constituye un ciudadano si no es por sucesivas escrituras de la ley en lazo social?
La episteme que enuncia lo educativo como social, y lo aclara en la expresión socio-educativo (Zelmanovich, 2009) renueva esta posibilidad y permite ubicar en el guión que liga a lo social con la educación la hiancia donde los efectos de advenimiento subjetivo puedan emerger. Alienación-separación entre lo Socio y lo Educativo ubican el interjuego posible para otras ficciones que las dispuestas por las formas de exclusión de aquellos otrora bastardos, huérfanos, abandonados; niños sueltos de lo social por la condena de "inadaptados" aunque sujetados al consumo -incluso de sus cuerpos- bajo sus múltiples formas.
Aquí los circuitos de inscripción social ceremonial, requieren ser especialmente considerados en su valor simbólico y en las ficciones que los sostienen. Estar documentado o indocumentado no es sólo una cuestión legal, moral o económica sino que se trata de contar con un lugar marcado simbólicamente en un linaje familiar y social al cual cada nuevo niño y niña tiene el derecho de pertenecer en una sociedad civilizada.
No adherimos a las propuestas que describen a los comportamientos contemporáneos de los chicos y adolescentes entendiéndolos como expresiones de "nuevas subjetividades" sino que, consideramos, es imperioso renovar las concepciones que sostienen las prácticas sociales, educativas y políticas. La tendencia a desplegar discursos sobre las "nuevas" subjetividades, deja a los mayores en una posición de espectador por la cual se renuncia a la transmisión cuando, cada nuevo niño lo es respecto de las generaciones que le preceden y de sus coetáneos.
A partir de lo expuesto consideramos que debemos dirigirnos hacia las formas ceremoniales que sostenemos y que hacen a la producción de subjetividad contemporánea, entendiendo que, mientras pensamos que estamos operando en la producción de subjetividad de los niños, ello nos produce a nosotros. Esta afirmación expone una invariante histórica.
Producto de nuestras investigaciones hemos presentado en escritos anteriores (Minnicelli, 2000; 2004, 2005, 2008, 2009) una hipótesis que nos permite posicionarnos respecto de lo antes planteado. Por ella enunciamos que, cualesquiera fueran las épocas y culturas a las cuales nos dirijamos para su estudio y análisis, no es posible describir e inscribir a los niños y niñas por fuera del universo simbólico de época, vehiculizado por el lenguaje a través de ceremonias, discursos y prácticas hablantes y silentes, que definen y posicionan a las nuevas generaciones respecto de Otro... y de otros. Incluso en nuestra época.
En cada tiempo socio-histórico, desde los Antiguos donde hunde sus raíces el pensamiento occidental, las nociones de infancia, de niñez, de niños y niñas se encuentran subordinadas a las controversias que están presentes en los enunciados míticos, filosóficos, religiosos, educativos, legislativos, médicos y, sobre todo, a los sistemas de creencias (divinidades, genios malignos o benignos) respecto de las ficciones que sobre los niños y las niñas se formule una comunidad determinada. Estas creencias fueron determinando diversas prácticas, más o menos crueles según los tiempos, ejercidas sobre los niños, sus cuerpos y sus "almas".
Ante ciertas corrientes que se ubican cual si no fuera necesario hacer un sujeto, y hacerse sujeto en el campo del Otro, en nuestros tiempos se requiere reiterar lo antes dicho. Bien sabemos que el sostén de las nuevas generaciones por parte de las precedentes no sucede por generación espontánea sino que conlleva una irrenunciable tarea humana. La violencia que emerge en los comportamientos infantiles es evidencia de la frágil resistencia que se ofrece a la tendencia contemporánea a la mercantilización de las vidas humanas.
Es por ello que, a sabiendas de los límites que se nos imponen y, justamente por ellos, hace falta renovar la oferta de sostén de escrituras de la ley en la configuración subjetiva. A falta de ello, los efectos están a plena luz del día cuando los chicos se las arreglan como pueden para encontrar dichos marcos de referencia en otros, en general sus pares en iguales condiciones, quienes por la fuerza los someten sin interpelación alguna por parte de los mayores más que la fuerza policial que los atrapa cuando el delito resulta el medio para la nueva institucionalización, en este caso, policial y jurídico-institucional. Y la rueda vuelve a girar en su único sentido.
La lógica mercantil ha ido configurándose sobre las bases del dispositivo Moderno, acarreando como consecuencia, la tentadora ilusión de la ley del todo vale (propia de esa lógica) respecto de la regulación de los lazos sociales y de las instituciones filiatorias intergeneracionales. Es a esta lógica a la cual es imperioso ofrecer resistencia por la institución de la diferencia, instituyente de infancia.
A causa de lo expuesto, surge entonces como efecto de sentido considerar a la noción de niño como consumidor, subordinarlos a epistemes que asignan a los cambios tecnológicos y al mercado; a la ausencia de familia y otras yerbas, la causalidad de la emergencia de dichos comportamientos cual monstruos indestructibles. Y allí se los abandona, a la deriva cual si no fuera posible hacer nada más. La historia y las historias de vida, nos enseñan que es posible una vida viable, aún habiendo nacido en entornos y condiciones desfavorables.
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