La violencia en la post-modernidad | Zulma López Arranz

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Nuestra vida cotidiana es inquietada día a día por hechos cuya naturaleza parecen escapar a todo raciocinio. Nos referimos a actos de una violencia insensata que generan temor, desconfianza y socavan los cimientos de la sociedad, debilitando sus lazos sociales, empujando al aislamiento y al sálvese quien pueda.

Este trabajo tiene la pretensión de formular algunos interrogantes que permitan pensar las nuevas problemáticas del postmodernismo. No existen respuestas acabadas, hay un borde de imposibilidad, de incertidumbre, de desconocimiento, de incerteza, que nos acompañará en este recorrido.

Lo que podemos inferir, a través de las experiencias diarias, es que existe una violencia que denominamos insensata. El autor de estos actos no manifiesta angustia moral, no se rige por la cautela, porque para él la vida no tiene sentido. Tampoco maniobra con precaución, porque lo que ocurra con la vida del otro o la del propio sujeto resulta indiferente. Instalado en esa escena pareciera que lo único que cuenta es la satisfacción omnipotente, que apenas alcanzada se esfuma, no tiene ligadura que le de consistencia. Estos sujetos viven sujetados a un patrón que les otorga una existencia efímera y para ello ponen en riesgo su propia vida. Esta falta de ligadura hace que el acto de estas características sea automático, operando de manera rápida, incontrolable y repetida. No aparece el sentimiento inconciente de culpa, al decir de Freud (1923/1996), la necesidad de castigo.(1)

Desde el psicoanálisis nos preguntamos acerca del término violencia, considerando de gran interés ponerlo en tensión con el de agresividad. Siguiendo este camino resulta apropiado hacer nuestra una frase: Cuídate de tu prójimo como de ti mismo.

¿Qué quiere significar? Pareciera ser que aquello que encontramos en nuestro prójimo, en el otro, no nos resulta desconocido.

La primera noticia acerca de la agresividad, es que resulta ser constitutiva del sujeto.

En Más allá del principio del placer (1920) Freud plantea la dicotomía entre Eros y las pulsiones de muerte, haciendo explícito el problema de la destructividad, que tuvo un papel importante en sus obras. La inclinación agresiva es una disposición pulsional autónoma, originaria del ser humano, y en ella la cultura encuentra su más poderoso obstáculo. Esta pulsión agresiva, natural de los seres humanos se manifiesta en la hostilidad de uno contra todos y todos contra uno. Esta pulsión es un subrogado de la pulsión de muerte que Freud (1920) descubre, junto a Eros, en Más allá del principio de placer.

En este texto, Freud, se refiere a la pulsión en los siguientes términos:

Una pulsión sería entonces un esfuerzo inherente a lo orgánico vivo, de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas."

Su gran esclarecimiento fue que el principio de placer rige, pero no gobierna. Si debemos admitir que todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico, podemos decir junto con Freud:

La meta de toda vida es la muerte; y, retrospectivamente: Lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo.

En El yo y el ello, Freud (1923), expresa que entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte se produce una mezcla, se conectan entre sí y que esto acontece de manera regular y en gran escala, pero aclara que también puede producirse una desmezcla pulsional.

Esa desmezcla pulsional la encontramos en los actos de aquellos sujetos que lejos de preservar su vida, la exponen en esa escalada de violencia que solo conduce a la propia muerte, o a la del semejante.

El término violencia (del latín violentia) se utiliza para designar un comportamiento deliberado, que provoca, o puede provocar, daños físicos o psicológicos a otros seres, y se asocia, aunque no necesariamente, con la agresión física, ya que también puede ser psicológica o emocional, a través de amenazas u ofensas. Algunas formas de violencia son sancionadas por la ley o por la sociedad, otras son crímenes. Distintas sociedades aplican diversos estándares en cuanto a las formas de violencia que son o no son aceptadas.

Por norma general, se considera violenta a la persona irrazonable, que se niega a dialogar y se obstina en actuar pese a quien pese, y caiga quien caiga. Suele ser de carácter dominantemente egoísta, sin ningún ejercicio de la empatía. Todo lo que viola lo razonable es susceptible de ser catalogado como violento si se impone por la fuerza.

El Diccionario de la Real Academia dice:

Violencia. (Del lat. violentĭa). 1. f. Cualidad de violento. 2. f. Acción y efecto de violentar o violentarse. 3. f. Acción violenta o contra el natural modo de proceder. 4. f. Acción de violar a una mujer.

Violento, ta. (Del lat. violentus). 1. adj. Que está fuera de su natural estado, situación o modo. 2. adj. Que obra con ímpetu y fuerza. 3. adj. Que se hace bruscamente, con ímpetu e intensidad extraordinarios. 4. adj. Que se hace contra el gusto de uno mismo, por ciertos respetos y consideraciones. 5. adj. Se dice del genio arrebatado e impetuoso y que se deja llevar fácilmente de la ira. 6. adj. Dicho del sentido o interpretación que se da a lo dicho o escrito: Falso, torcido, fuera de lo natural. 7. adj. Que se ejecuta contra el modo regular o fuera de razón y justicia. 8. adj. Se dice de la situación embarazosa en que se halla alguien.

El término violencia no es un término psicoanalítico, no obstante podemos inferir, de la lectura de las acepciones del Diccionario de la Real Academia Española, algunas características que pueden ser atribuidas a la pulsión, que en estos casos, opera de modo irrefrenada, sin posibilidad de domeñamiento.

La Organización Mundial de la Salud, (Revista Iberoamericana de Educación N° 38, 2006), agrega un elemento más a la caracterización del acto de violencia:

El uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo de comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones (p. 5).

Desde el psicoanálisis podemos pensar la agresividad como una característica del psiquismo humano manifestada por una actitud hostil y ofensiva que responde a un desgarramiento del sujeto contra sí mismo. Esta agresividad es ambigua y puede ser conciente o inconciente. Puede nacer de una necesidad vital, unida a la pulsión de vida pero también puede responder a la pulsión de destrucción, (subrogado de la pulsión de muerte). La disyunción entre estas dos pulsiones es la que provoca la agresividad. Dicho de otra manera, las fuerzas agresivas pueden sostener los impulsos vitales, ayudándolos a obtener sus fines, en tal caso, responden a la pulsión de vida o bien pueden contrariarlos y entonces son destructivas. Esta destrucción puede ser llevada a cabo contra la misma persona o contra el semejante.

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