El inconsciente extranjero (y el deseo de olvidar) | Cecilia Gorodischer
El inconciente y la inmigración
Somos un país de inmigrantes. Nuestras generaciones pasadas hablaban otras lenguas. Llegaron al país con sus pocas pertenencias, extranjeras. ¿Podríamos contabilizar entre ellas su inconciente, armado de significantes ilegibles para los nativos del país al que llegaban? O quizás tendríamos que decir que no se trataba exactamente de sus pertenencias, porque ellos mismos eran esas lenguas. Habían venido, entonces, irremediablemente escritos en una lengua diferente.
En algunos de nuestros pacientes logramos construir, sino la lengua en la que se formularon sus deseos inconcientes como deseos del Otro, las consecuencias que esa falta de traducción trajo en sus vidas. Las circunstancias en las que los inmigrantes llegaron al país, en la mayoría de los casos huyendo de la guerra, el hambre y la persecución, dejaron marcas palpables para quien se dispone a escuchar.
Puedo construir tres vías de abordaje a esto que doy en llamar el inconsciente extranjero. Estas vías de abordaje son distintos registros de la memoria. Una vía sería la vía de la lengua, del discurso, de las palabras. Otra vía es la que posibilita una escena: la escena que traen esos significantes y que repercute luego en la vida de nuestros pacientes de una manera que después nos resulta sorprendente, cuando logramos encastrar fragmentos de vida pasados en una actualidad que de otra manera nos hubiera resultado absolutamente ilegible. Y la última, sería la vía que posibilita la memoria del cuerpo, memoria de sensaciones corporales nunca traducidas, escrita en otras claves.
Se pueden enmarcar estos distintos registros de la memoria en una distinción que hace Freud en su trabajo sobre las afasias de 1891. Dice Freud: "Corresponde a la palabra un complicado proceso asociativo, en el que confluyen los elementos de origen visual, acústico y kinestésico"(1). Agrego entonces, hilvanando las palabras de Freud con las mías: el elemento visual está en relación con lo que llamo escena; el elemento acústico está en relación con la palabra, más propiamente el significante; y el elemento kinestésico es lo que recorto aquí como memoria del cuerpo, en un sentido más amplio que el referido por Freud al aparato fonológico.
¿Qué pasa, entonces, cuando ese complicado proceso asociativo que posibilita finalmente la palabra, y que implica lo visual, lo acústico y lo corporal, cambia abruptamente de presentación, sin la anuencia del hablante? ¿Y qué consecuencias tiene para los futuros hablantes, hijos, nietos?
Estudio sobre las afasias
El estudio sobre las afasias, de 1891(2), me sorprendió por lo que tiene de clínico, en el sentido en que Freud se detiene a pensar, a partir de su práctica como escritor, como lector, sobre el proceso del hablar. Freud se plantea qué diferencia de dimensión hay entre ese hablar y lo que después se arma como el deletrear, luego el leer y finalmente el escribir. Freud lo va poniendo escalonadamente, y esa escalera me llevó a mí a pensar en la ardua subida que podía significar para el inmigrante integrarse a la nueva lengua, siendo que, cuando tenía que pasar de un escalón a otro, se encontraba con que el anterior (su lengua materna, las letras de su alfabeto, la pronunciación originaria) ya no le servía para apoyarse y subir al siguiente.
El "doble comando" del que habla allí Freud, que después va a llamar sobredeterminación, se convertiría para el inmigrante en un trastrocamiento engañoso, que lo podía hacer caer, dejarlo en vilo.
Y las dificultades se van sumando. Esa lengua extranjera del Otro viene a veces con la marca del deseo de olvidar. Esa lengua materna trae, otras veces, un elemento de rechazo, en el sentido de que fue, por ejemplo, la lengua del perseguidor, del acechante, y viene así marcada con el sello del peligro mortal, de aquello de lo que hay que huir, dejar atrás. Otra dificultad que podemos encontrar es la que aparece cuando esa lengua es muy extraña al país de arribo, por ejemplo, la lengua alemana, rusa o polaca arribada a la lengua inglesa, americana o española. Y tenemos además los dialectos(3). A veces, los padres y abuelos del inmigrante, hablaban no sólo la lengua extraña de los países lejanos, con los que tenemos en la vida cotidiana tan poco contacto, (y menos aún a principios y mediados de siglo XX, en los tiempos de la primera y segunda guerra mundial), sino que además, en la vida cotidiana, hablaban un dialecto. Freud lo señala claramente en el trabajo sobre las afasias: "Si primariamente no hemos hablado una lengua escrita sino un dialecto, tenemos que híper asociar (subrayo de este verbo el trabajo extra que supone al hablante, que ya cuenta con varios, y ninguno sencillo) las imágenes motrices de palabra y las imágenes sonoras adquiridas por deletreo con las antiguas; así nos es preciso aprender una lengua nueva, lo cual es facilitado por la semejanza entre dialecto y lengua escrita". Claro, esto si el dialecto está en relación con la lengua escrita; esto es, si el hablante que está aprendiendo a hablar y a leer y escribir, crece y se desarrolla en el mismo lugar en el que coexisten dialecto y lengua. Pero si se trata de un inmigrante, su dialecto tendrá poquísima relación, visual, sonora, kinestésica con la lengua hablada y escrita de su país de arribo, en el sentido de las notables diferencias que podemos encontrar, en nuestro caso, entre las lenguas eslavas y el español, tanto en su sonoridad como en su caligrafía, así como en los movimientos fonológicos necesarios para hablar.
He aquí, entonces, las dificultades que se le presentan al inmigrante en relación con la lengua: está constituido por una lengua estrafalaria, y, a veces, esta lengua misma está interferida por la incorporación de un dialecto. Además, esa lengua es rechazada por él, y la quiere olvidar. Los motivos para querer olvidarla son muchos y potentes: quiere olvidarse que es distinto a los demás y se olvidaría si olvida la lengua; quiere olvidarse de ese padre odiado que lo trajo tan lejos, y si olvida su lengua borraría a ese padre; quiere olvidarse de haber perdido el lugar privilegiado de la primera infancia que deja atrás, sin haberlo él deseado. Y cree que si olvida la lengua, olvidará la pérdida de ese privilegio perdido e imposible de recuperar. Ese deseo de olvidar, marcado por razones tan sólidas, traerá consecuencias que trabajarán en silencio, enmudecidas (o afásicas).
La simulación
Me gustaría detenerme en un detalle que, no siendo el único, me ha saltado en la clínica, enlazado a toda esta problemática de la extranjeridad producto del desarraigo de la lengua materna. Ese detalle es la simulación.
La simulación tiene ese carácter de tener distintos valores según el contexto. A veces, conviene. Por ejemplo, alguien que tiene que huir de un país hostil, disimula su condición para salvar su vida. Y lo logra. Convino. Pero cuando ese valor se traslada dos generaciones más tarde en otro de esa cadena familiar y de discurso, que vive ya en un país acogedor, y no necesita huir de ningún enemigo, toma la forma sintomática con la que me he encontrado en mi trabajo de analista. Si podemos construir las raíces de esa simulación, posiblemente ésta pueda volver a ocupar el lugar que merece, que podría ser, por ejemplo, los buenos modales, y pueda acomodarse allí sin necesidad de ser una máscara constante que un sujeto deba llevar a lo largo de toda su vida, para proteger una vida que ya no es la suya.
Un hombre me cuenta que cuando su papá tenía 6 años tuvo que escapar de su ciudad natal perseguido por el estalinismo. El papá de su papá (abuelo del paciente) ya había venido a la Argentina unos años antes y había logrado juntar el dinero suficiente para traerlos a él y a su mamá. Iban en un tren, la mamá y el niño, rumbo a Alemania, en donde los esperaba un barco, el "Madrid", en el puerto de Bremen. El niño (padre del paciente) no parecía tener idea del peligro que estaba en juego. Salió del camarote y se encontró con un grupo de soldados rusos que bajarían antes de llegar a la frontera con Alemania. El niño se puso a jugar con ellos, lo llevaron al salón comedor que tenía entrada restringida para poderosos, y así se sintió él, poderoso, con sus "camaradas". Pero cuando al rato el niño volvió al camarote, se encontró con una mamá desolada que lloraba y lo atormentaba a preguntas sobre qué había hecho, qué había dicho, si se le había escapado algo que pudiera poner en peligro la salida del país. Ese terror materno, que se convirtió en descompostura incesante durante todo el viaje en barco en los tres meses de travesía oceánica a la Argentina, retornó en su nieto, el hombre que me hablaba, bajo la forma de la fobia. ¿Nos visitará la fobia tan a menudo en el consultorio por estar también enraizada en los terrores de nuestros abuelos?
La escena fantasmática
La segunda vía de abordaje al inconciente extranjero, a la que hacía referencia al comienzo, es vía de la escena. Es lo que me ha permitido pensar el encontrar en algunos pacientes condiciones de vida que no se condicen ni con sus anhelos ni con sus verdaderas capacidades de producción y trabajo. Y encontré, entonces, muchas veces, las marcas de esa generación anterior que se repite en esas condiciones de vidas propias de otras geografías, de otros escenarios, que tienen tan poco en común con las condiciones actuales. Esas escenas originarias requieren ser construidas, porque en efecto, nunca han sido experimentadas por el sujeto mismo, no hay una inscripción vivencial de ellas, sino que es a partir de la discordancia que se debe suponer la ficción que la sostiene, y que muchas veces, sólo aprés-coup, se confirman.
Memoria del cuerpo
Finalmente, la tercera vía de abordaje al inconciente extranejro, es la que llamé memoria del cuerpo.
"De los años de la guerra apenas recuerdo nada, como si no hubieran sido seis largos años. Cierto es que a veces surge de la espesa niebla un cuerpo tenebroso, una mano ennegrecida, un zapato del que no ha quedado nada excepto remiendos. Estas imágenes, a veces poderosas como una ola de fuego, se desvanecen rápidamente, como si se negaran a revelarse; y de nuevo la misma tenebrosa caverna llamada "guerra". Esto es lo que retiene la conciencia racional, pero las palmas de las manos, las plantas de los pies, la espalda y las rodillas recuerdan más que la memoria (subrayado nuestro). Si hubiera sabido cómo extraer algo de todas ellas, las imágenes me habrían desbordado. Logré escuchar mi cuerpo unas cuantas veces y escribí algunos capítulos, pero fueron tan sólo fragmentos de una masa oscura oculta para siempre en mí"
Esto dice Aharon Appelfeld en su libro "Historia de una vida"4. Si ni el poeta encontró las palabras; ¿qué nos queda a nosotros? Nos queda la construcción, trabajo del analista. Construcción del fantasma, construcción del objeto.
Epílogo
"Pero aquí nos cae en las manos la solución de un pequeño problema, el de saber por qué nos estropeamos ya en Trieste el contento por el viaje a Atenas. Debe haber sido porque en la satisfacción de haber llegado tan lejos se mezclaba un sentimiento de culpa; hay ahí algo injusto, prohibido de antiguo. Se relaciona con la crítica infantil al padre, con el menosprecio que relevó a la sobreestimación de su persona en la primera infancia. Parece como si lo esencial en el éxito fuera haber llegado más lejos que el padre, y como si continuara prohibido querer sobrepasar al padre.
A esta motivación universalmente válida se agrega todavía en nuestro caso el factor particular, a saber, que en el tema Atenas y Acrópolis, en sí y por sí, está contenida una referencia a la superioridad de los hijos. Nuestro padre había sido comerciante, no había ido a la escuela secundaria, Atenas no significaba gran cosa para él. Lo que nos empañaba el goce del viaje a Atenas era entonces una moción de piedad. Y ahora ya no le asombrará a usted que el recuerdo de la vivencia en la Acrópolis me frecuenta desde que, anciano yo mismo, me he vuelto menesteroso de indulgencia y ya no puedo viajar"(5).
Hilvano el hilo "haber llegado tan lejos" de Freud, con la distancia recorrida por tantos inmigrantes en su exilio. Hilvano el hilo de un padre analfabeto con el sentimiento de precariedad de sus hijos, que, en nuestro país, llegaron a ser médicos, abogados, contadores. Y que fueron habitados por un inconsciente extranjero, que les hablaba una lengua que ya no reconocían, que se les hacía inaudible por estrafalaria, por dialectal, por lejana en su clima y en su geografía. Por tan propia porque era del Otro.
Hilvano, finalmente, "Atenas no significaba gran cosa para él", con el trabajo de duelo del hablante, en este caso Freud, que le permite desear más allá de las penurias del padre.
Notas
- Freud, S., Lo inconciente, en OC, Amorrortu, Buenos Aires, 1990. Tomo 14.
- Freud, S., Lo inconciente, en OC, Amorrortu, Buenos Aires, 1990. Tomo 14.
- Según la Real Academia Española “dialecto” es cualquier lengua en cuanto se la considera con relación al grupo de las varias derivadas de un tronco común. (El español es uno de los dialectos nacidos del latín)//Sistema lingüístico derivado de otro, normalmente con una concreta limitación geográfica, pero sin diferenciación suficiente frente a otros de origen común//Estructura lingüística simultánea a otra que no alcanza la categoría de lengua.
- Appelfeld, A., Historia de una vida, Península, 1991.
- Carta de Freud a Romain Rolland (Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis).
Bibliografía
- Appelfeld, Aharon, Historia de una vida, Península, 1999 (Sipur jaim).
- Freud, Sigmund, "Estudio sobre las afasias", en Apéndice C "Palabra y cosa" de Lo inconciente (1915), en OC, Amorrortu, Buenos Aires, 1990.
- Freud, Sigmund, Carta a Romain Rolland (Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis) (1936), en OC, Amorrortu, Buenos Aires, 1993. Tomo 22.
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